CINCO SIGLOS DE HISTORIA

La finca que alberga Far Residency no es únicamente un espacio físico: es una acumulación de tiempo. Desde comienzos del siglo XVI, cuando era conocida como Dehesa de la Serna o La Serna del Rey, el lugar ha atravesado generaciones, nombres y transformaciones sin perder su identidad esencial. Su historia no funciona como ornamento, sino como sustrato.
Desde 1516 pasó por distintas familias, entre ellas la de Lorenzo de Cepeda, hermano de Teresa de Ávila, quien encontró aquí un lugar de arraigo profundo. Esa relación íntima con el territorio forma parte de la memoria viva del espacio y continúa resonando en su carácter actual.

VIDA RURAL

FAR Residence se sitúa en una zona rural de Ávila, España. El entorno es tranquilo, no turístico y materialmente presente. Aquí el paisaje no es una postal ni una promesa estética; es una realidad concreta que condiciona el ritmo cotidiano.
El clima, la escala del territorio y la ausencia de estímulos urbanos construyen un marco donde la atención se afina. El silencio no es vacío: es estructura.

EL LUGAR COMO PARTE DEL PROCESO

FAR Residency se sitúa en una zona rural de Ávila, España. El entorno es tranquilo, no turístico y materialmente presente. Aquí el paisaje no es una postal ni una promesa estética; es una realidad concreta que condiciona el ritmo cotidiano.
El clima, la escala del territorio y la ausencia de estímulos urbanos construyen un marco donde la atención se afina. El silencio no es vacío: es estructura.

ARQUITECTURA CON LINAJE

La casa y los jardines se atribuyen al arquitecto renacentista Francisco de Mora, colaborador de Juan de Herrera. La arquitectura responde a una lógica de proporción, sobriedad y permanencia propia de su tiempo, donde la forma no busca imponerse, sino ordenar.
La estructura no es espectacular ni monumental; es precisa. Esa precisión genera una atmósfera de equilibrio que influye en la manera en que se habita y se trabaja. La arquitectura aquí no distrae: sostiene.

CAPAS DE TIEMPO

En el siglo XIX, el conjunto se amplió con infraestructuras textiles alimentadas por manantiales naturales, integrando producción y territorio. Más tarde, en 1931, Luis Sierra Bermejo restauró el conjunto conservando su carácter esencial, gesto que permitió que la finca llegara hasta hoy sin perder coherencia.
Cada intervención ha añadido una capa sin borrar la anterior. Esa continuidad histórica genera una sensación de estabilidad poco frecuente: el lugar no ha sido reinventado, ha sido cuidado.